El Círculo de Piedras

La magia de librar batallas más allá de lo humanamente soportable, se basa en lo mágico que resulta arriesgarlo todo por un sueño, que nadie más alcanza a ver, excepto tú..."

Un recuerdo.

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Recuperando un viejo escrito.

Paquillo, como cada martes por la tarde. Una más, de entre muchas tardes,  esperaba  ansioso a Irene. Ella, Irene, era una muchacha de 20 años; la que le rescataba del aburrimiento y le acompañaba en sus muy largas horas de soledad, en aquel entorno de aislamiento involuntario.., así era, desde hacía ya algún tiempo.  Ella, junto a otras tres personas formaban un pequeño equipo; ayudaban en sus labores, a las monjas en el Hospital de San Juan de Dios; concretamente, en la planta donde los niños enfermos de leucemia esperaban la llegada del desenlace final. En aquella agónica antesala, llena de cariño, a falta de otros recursos la imaginación había ganado el más  difícil de todos los pulsos; el de sortear, cada día, mil y una peripecias para que la vida, o lo que de ella les quedaba a esos niños, fuera,  siempre, una pequeña aventura, una mentira tan piadosa como llevadera.

Irene, con sus tejanos desgastados y el pelo trenzado, hoy llegaba  algo cansada de subir las escaleras, como siempre, de dos en dos. Siempre corriendo, como en ella era costumbre, con ese afán que presta un vuelo más a la vida. Mientras,  a Paquillo se le iluminan los ojitos. Será, porque hoy es su cumpleaños y, 13 años ya son muchos años. Pero, hay algo más.  Paquillo tiene otro motivo para estar nervioso... todos saben su secreto, Irene es su amor platónico.

Irene saca de su viejo capazo,  un pequeño regalo envuelto minuciosamente.  Todos aplauden y,  tras unos minutos de bullicio, se vuelve a la rutina del silencio. Paquillo abre su regalo, sorprendido, pues él sabe muy bien que ese será su único regalo,  pero eso no le importa, es el de Irene el que más aprecia.  Cuando  la sala recobra, de nuevo, su normalidad,  cada cual regresa a su sitio, e Irene se queda a solas con el muchacho,  es entonces cuando este le pregunta: - "Irene, ¿Crees que ya soy mayor?"- Ella se acerca a él y, acariciándole cariñosamente la cabecita, responde: - "Uy, ya lo creo, muy mayor"...- Paquillo, un tanto molesto, le rechista: "¡Te lo he dicho en serio!"Y ella, con aire de sorpresa, le contesta de nuevo: "Depende de para qué, sí, depende de para quó, no".  Paquillo se la queda mirando, contrariado, y a medida que se sonroja, lanza su segunda pregunta: - "Cuando sea un poco más mayor... , ¿Podría ser  tu novio?". La chica, que no esperaba esa reacción, fija la mirada en sus ojitos   brillantes, a la vez que contesta:  "Cuando tú seas un poquito más mayor, con toda seguridad, yo ya no te gustaré, te gustará alguna muchacha de tu edad".

Paquillo ya lleva mucho tiempo entrando y saliendo de los hospitales, San Juan se ha convertido en su hogar.  Una debilidad crónica le convertía en un caldo de cultivo,  para todas aquellas enfermedades oportunistas que le iban, poco a poco, minando. Ya no le quedaba mucho tiempo - eso decían sus médicos -  Y sus padres, casi, casi, le habían abandonado a su suerte, es decir, a esa mala suerte. Su padre el primero.  El pequeño era fruto de una mala relación; su madre, era una prostituta que ya no sabía que hacer para tirar adelante con sus otros 3 hijos.  Paquillo, para ella, estaba mucho mejor con los hermanos de San Juan que en casa.  Asi ella, se podía permitir el no acomodarse al dolor de madre, y seguir trabajando en el más viejo de todos los oficios, con tal de poder dar de comer a sus retoños…, Y es que,  la miseria no entiende de moral.

(…)Pasaron los meses. Y, la mejoría de Paquillo, en esta ocasión, no llegó. Lentamente, los brillantes ojos del muchacho fueron perdiendo su preciosa luz.  Pero su mirada seguía guardando aquella milagrosa chispa, cuando, en las tardes de  martes y jueves, Irene aparecía por la puerta, cargada con su capazo de paja; lleno de libros y tebeos. Fue en una de esas ocasiones, cuando a Paquillo ya le cansaba leer, cuando ya solo miraba las imágenes...   Fue entonces,  cuando ella decidió leerle "El Principito".   Sabía que a él le gustaría, y que podría entenderlo. Paquillo era un chico demasiado maduro para su edad.

La fuerte medicación que corría por sus venas le había dejado sin cabello y sin el vello de las cejas, su piel blanca, melancólicamente blanca, recordaba a Irene la cara de un ángel.  En más de una ocasión, al mirarlo, pensó: “si esos bellos seres alados existen,  seguro que tienen su aspecto”

Paquillo quedó impresionado por todo lo que de abstracto tenía la historia de aquel  extraño principe. Una cosa llamó poderosamente su atención... ¿ Qué es lo que buscaba el príncipe tan lejos de casa? Y mirándola a los ojos, con una hermosa sonrisa, le dijo: “Yo no he visto demasiadas cosas bonitas, pero deben ser igual que esa rosa, esa que el príncipe extranjero tenía; llena de espinas, y a la vez  frágil, quebradiza... puede que, por eso, la pusiera en esa campana de cristal, para evitar que nada la marchitase. Pero, poniéndole una campana encima, le impediría respirar, tener contacto con el aire, con la vida ¿no?"…, -el deseo de prolongar la belleza de un instante, a veces tenía un precio excesivamente caro; el riesgo de perder la libertad..., es algo que Irene no supo explicar al muchacho, algo que ella aun no conocía-.  La joven quedó sorprendida por el razonamiento del chico. Una pequeña lección que Irene no habría de olvidar.

Nunca hablaban de la muerte, siempre existía una palabra  para la vida, curiosamente.., jamás para la muerte. A pesar de que Paquillo ya era de los que hacía mucho tiempo que luchaba con la enfermedad, todo un veterano de corta edad. Conocía los efectos de esa terrible ausencia y el recuerdo que, en él, había dejado algún que otro compañero de sala . A pesar de ello, nadie hablaba de muerte ni de miedo, pero en la pequeña sala de la tercera planta el miedo estaba presente.

Paquillo siguió el inevitable proceso, y en un vertiginoso descenso, su joven cuerpo se fue apagando. Irene siguió con sus visitas las tardes de los martes y jueves, hasta que un día, él cogió su mano y le pidió que le hiciera una promesa: -"He oído que cuando alguien muere su alma se convierte en otro ser, en otra cosa.  Si pudiera elegir me gustaría convertirme en  águila; y ver, desde el cielo, todo aquello que no he tenido oportunidad de ver aquí en la tierra... ¡Dime que no te olvidarás de mí ! Que cada vez que subas a una montaña y veas un águila pensarás en mí"...

Tan solo unos días fueron necesarios para que Paquillo terminase su lenta agonía.  Irene dejó el voluntariado y, durante mucho tiempo recorrió lugares, cerca del cielo, observando el vuelo del águila.  Aun hoy,  sigue haciéndolo, sigue subiendo montañas, mirando al cielo…,  y se acuerda de que un día hizo una promesa: no olvidar nunca aquella carita de ángel... Margot

24/07/2008 08:06 Autor: Margot.



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"Hay ocasiones en las que uno tarda una fracción de segundo en aceptar la brusca ausencia de todo lo que le ha pertenecido: igual que la luz es más veloz que el sonido, la conciencia es más rápida que el dolor, y nos deslumbra como un relámpago que sucede en silencio." Antonio Muñoz Molina

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